Peor que el SIDA: el adulterio virtual de la pornografia
(Click here for English) Ayer me tocó compartir una charla sobre la consejería pastoral. Terminada la sesión, se me acercó una joven que tímidamente me pidió que le concediese unos minutos en privado. Percibiendo que se trataba de una necesidad urgente, nos dirigimos hacia donde, aunque en público nuestra conversación no corría el riesgo de ser oída y oramos que el Señor nos diera sabiduría.
Era una joven esposa, casada con un ministro del Evangelio, que había descubierto accidentalmente hacía dos años que su marido miraba pornografía. Lo había confrontado, pero seguía cayendo en su pecado y se rehusaba a confesarlo ante nadie, insistiendo que él podía vencerlo solo. Últimamente ella había encontrado imágenes guardadas en la computadora de la iglesia, y películas pornográficas que él había comprado. La esposa trataba de ayudarlo, trabajando cerca de él para que se sintiera observado, pero el insistía en usar la laptop a solas. Y cuando ella le decía que no podía seguir predicando mientras estaba en ese pecado habitual, él prometía que con poner un “bloqueo” en su computadora era suficiente, pero ella temía que sin haber confesado su pecado a alguien, él no rendiría cuentas a nadie.
Es difícil describir lo que siente una mujer cuando descubre que su marido tiene una sórdida vida secreta y la ha engañado por años. Se siente traicionada, usada y deshonrada y siente repugnancia ante sus caricias. Su lecho matrimonial ha sido mancillado, y pierde el respeto por su marido, cuya autoridad cuestiona y le cuesta aceptar. Esta esposa no quería abandonarlo y temía que al negarle su abrazo lo empujaría aún más a su vicio habitual. Pero, como cristiana, sabía que él debía seguir ministrando la Palabra de Dios mientras vivía un engaño, poniendo a los creyentes bajo la influencia de su mentira. Ella le pedía que dejara su ministerio y buscara ayuda, pero él se rehusaba. ¿Qué debía hacer una mujer en tal caso? me preguntó.
Le dije que antes que su problema tenía tres dimensiones con diferentes prioridades: primero, peligraba la vida espiritual de su esposo, segundo peligraban las ovejas a su cargo y por último su propio matrimonio estaba en grave riesgo. Su esposo estaba ofendiendo a Dios, engañando a sus ovejas, y quebrantando su pacto matrimonial, porque mirar a una mujer con lujuria es adulterio, aunque se trate de imágenes virtuales. Entender la situación de esa manera la ayudaría a no actuar bajo el impulso natural de auto-protección, sino como un instrumento de Dios y agente de sanidad para el hombre, para el Reino y para su propio matrimonio.
Es muy difícil, pero cuando la vida peligra necesario, que una mujer tome autoridad sobre su marido caído. Le dije que él tenía un cáncer que tenía que ser tratado radicalmente para su propio bien, y así como no escatimaría esfuerzos en el caso de una enfermedad física, debía hacerlo en el caso espiritual. Un lobo rapaz (o sea, el adversario) se había metido en el rebaño lo cual requería alertar a las autoridades. Y la única esperanza para su matrimonio era apelar a la misericordia de Dios para que lo sanara a fondo. Ella no estaba obligada a cederle su cuerpo a su marido infiel, pero sí, por amor, a darle toda la ocasión de ser sanado y restaurado.
Lo ideal sería que él reconociera su falta y confesara ante sus autoridades para que ellos apliquen la disciplina necesaria, supervisando su tratamiento y restauración como hombre, como esposo y posiblemente como ministro. No había garantía que se sanaría, y habría tensión y trastornos, pero valía la pena luchar por el hombre que amaba. Si su marido confesaba, ella debía tratarlo como un enfermo: apoyarlo y acompañarlo hasta que se sane. Pero si no lo hacía, ella no tenía otra opción sino denunciarlo ante sus autoridades y tratarlo como un delincuente que cae en manos de la ley: esperarlo fielmente mientras él cumple su condena.
Pido al lector que ore por esta esposa que enfrenta una situación tan dura (y tristemente común).
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